Era un suspiro lánguido y sonoro

la voz del mar aquella tarde… El día,

no queriendo morir, con garras de oro

de los acantilados se prendía.


Pero su seno el mar alzó potente,

y el sol, al fin, como en soberbio lecho,

hundió en las olas la dorada frente,

en una brasa cárdena deshecho.


Para mi pobre cuerpo dolorido,

para mi triste alma lacerada,

para mi yerto corazón herido,


para mi amarga vida fatigada…

¡el mar amado, el mar apetecido,

el mar, el mar y no pensar en nada!…

Portada de la revista Ínsula dedicada a Manuel Machado

Vamos a comentar en esta ocasión un soneto de Manuel Machado (1874-1947), poeta sevillano considerado uno de los nombres principales del modernismo español. En concreto, este soneto pertenece a Alma, su primer gran libro y quizá el mejor. En este libro se conjuga un intimismo de estirpe simbolista con la presencia de la belleza y el exotismo e, incluso, con un poema dedicado a Castilla.


Esta composición expresa el deseo de la voz poética de abandonar su vida atribulada para alcanzar la paz absoluta del alma en la muerte.


En cuanto a la métrica, nos encontramos ante un soneto: catorce versos endecasílabos agrupados en dos cuartetos y dos tercetos. La rima consonante es ABAB CDCD EFE FEF. Cabe señalar que el soneto riguroso presenta rima en A y B también en el segundo cuarteto, frente a la variación que introduce aquí el poeta.


Por otro lado, y como es de regla en los buenos sonetos, la estructura interna depende de la externa. Podemos, por tanto, establecer las siguientes partes:


1ª parte (los dos cuartetos, versos 1 – 8): se describe la puesta de sol.

2ª parte (los dos tercetos, versos 9 – 14): expresan el efecto de esta contemplación en la voz poética.


Vamos a explicar a continuación con más detalle cómo se expresa en el poema el deseo de reposo eterno contenido en la idea principal.


La composición empieza con un sonido (“suspiro” verso 1), seguido de una nota de color (“oro”, verso 3). Este lenguaje es propio del Modernismo, que emplea con profusión las sensaciones (colores, tactos, sonidos) para crear en los poemas un ambiente propicio a la sensibilidad. Esta impresión se ve reforzada por la adjetivación del primer verso, típicamente modernista (“lánguido y sonoro”).


Destacan asimismo las personificaciones del mar y el día en los versos 2 y 3 (“la voz del mar”, “el día, no queriendo morir”). Responde esta elección a la sensibilidad poética modernista, en auge cuando se compusieron estos versos. La voz poética busca en el paisaje elementos que simbolicen1 sus emociones. Así pues, el mar es la muerte, y su voz, la atracción del poeta por el sosiego que procura. El día (metonimia por el sol), por su parte, es el poeta mismo, que se aferra a la vida por instinto, pero que se sabe condenado a la muerte, como el día a la noche.


Cabe comentar en este primer cuarteto la metáfora “garras de oro” (verso 3), por los rayos del sol. Es un buen ejemplo de lenguaje modernista: por un lado, la poderosa nota de color ilustra el gusto modernista por lo sensorial, como ya se ha mencionado; por otro, corrobora el significado de la personificación explicada en el párrafo anterior (“el día, no queriendo morir”). “Garra” posee una connotación de fuerza, de manera que se acentúa la desesperación con la que el poeta, aun deseando la muerte, se abraza a la vida.


En el segundo cuarteto asistimos a la puesta de sol anunciada en el primero y en el título. Este presagio de la muerte se manifiesta a través de un vocabulario cuidadosamente escogido. Para empezar, la estrofa se abre con una conjunción adversativa que anula el ímpetu con el que el día (el poeta) anhelaba conservar un último suspiro (“pero” verso 4) y que anuncia, por tanto, la muerte. El poder de la muerte se representa con el expresivo sintagma “alzó potente” (verso 4) y el adjetivo “soberbio” (verso 5).


En contraste con el vigor de estos términos, los versos 7 y 8 se construyen en torno a un vocabulario que sugiere decadencia: “hundió” y “brasa cárdena deshecho”, metáfora por el apagado sol del atardecer. Esta es la oposición central del poema, la vida que se apaga frente a la muerte reparadora.


Comienza aquí la segunda parte del poema. Se describe la vida castigada del poeta con un paralelismo muy efectivo. En primer lugar, la anáfora de los versos 9 a 12, “para mi” resalta con la repetición el quebranto del poeta, además de aumentar el suspense en el lector, que espera alivio para esta desazón. Aporta, a mi juicio, un aire de plegaria o confesión muy expresivo. En segundo lugar, lo más efectivo del poema quizá sea la repetición de los sintagmas “adjetivo nombre adjetivo”. Nótese, por un lado, la enumeración “cuerpo”, “alma”, “corazón”, resumidos en la “vida” del verso 12; por otro, la sucesión de adjetivos justifica el deseo de morir, tema principal en el poema, como ya hemos visto.


Este anhelo vital explota en los dos últimos versos, cuya fuerza se basa en la exclamación, la repetición y la expresión sin ambages del sentimiento. En el verso 13, “mar” aparece modificado por los adjetivos “amado” y “apetecido”, que contrastan con los adjetivos del primer terceto. En el 14, “mar” aparece sin vestimentas, intensificado por una nueva repetición. El ardor de la voz poética que muestran estas repeticiones resalta el valor simbólico del mar en este soneto: la muerte que aporta sosiego al atormentado.


La composición se cierra con una afirmación (“no pensar en nada”, verso 14) cuya franqueza apenas deja sitio a la metáfora. No hay duda ya para el lector de que la voz poética, en estos arrebatados versos, está refiriéndose directamente a la muerte, sin recurrir a la elaboración poética del ocaso. Esta sinceridad es, por otro lado, una respuesta eficaz a la desazón expresada en los versos 9 a 12 (mi amarga vida necesita la muerte).


En resumen, Manuel Machado cultiva en “Ocaso” el estilo modernista propio de la época (símbolos, adjetivación basada en lo sensorial, etc.). Consigue, sin embargo, transmitir una emoción humana con naturalidad y sinceridad. En efecto, el lector se identifica con el quebranto del poeta, de manera que estos versos dejan de ser testimonio de una corriente determinada para convertirse en poesía de alcance universal.


1 Recordemos que el Modernismo se llama en literatura francesa Simbolismo.

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