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-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero supónte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.

La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos.

-Sancocho de gallo. Mañana mismo lo preparas.

Aquella noche, en medio de una vigilia suave y prometedora, el coronel decidió rendirse. “Hoy no voy al puerto”, dijo elevando la voz sobre la trabajosa y acompasada respiración que flotaba en el dormitorio. Mientras su mujer desplumaba el gallo con las primeras luces del alba, el coronel enrolló la hamaca, se vistió con la parsimonia de quien va a recibir una medalla y salió a la calle. Cumplió su palabra y, por primera vez en quince años, no fue al puerto en viernes sino que se llegó al cuartel. “Vengo a ver al alcalde y no me iré sin ser recibido”, le espetó con firmeza al niño, casi un soldado, que hacía guardia en la puerta.En los once minutos que estuvo en el despacho, el coronel denunció al sastre y a todos los compañeros de su hijo Agustín.

Quince días después recibió una compensación por este servicio a la patria, que les permitió comer durante un mes. Don Sabas mostró su satisfacción con invitaciones y copiosos envíos de comida. El coronel los aceptaba con una ligera reverencia del sombrero que su compadre le había regalado.

Cuando, semanas después, don Sabas le ofreció un contrato para vigilar uno de sus almacenes de grano, el coronel se dobló en una sincera genuflexión y se quitó el sombrero. Necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Gracias, compadre, se lo agradezco en el alma.

En fin, al coronel le fue muy bien con sus nuevos amigos. Véalo en esta foto.