Don Catrín de la Fachenda es una crítica del sistema colonial vigente en la época en la que fue escrita (1820). México es a la sazón una sociedad inestable debido a los enfrentamientos entre realistas e insurgentes que desembocarán en la independencia de la República. En estas condiciones, Lizardi se revela como “uno de los autores en los que se produce una auténtica simbiosis de vida y literatura”[1], por su activa participación en los acontecimientos históricos del momento. En su caso, el compromiso se manifiesta en el periodismo y la novela. Ambos géneros son portadores de un discurso costumbrista y moralizante cuyo objetivo es buscar el progreso de su nación, obstaculizado por la falta de educación y de esfuerzo de las clases sociales improductivas como los catrines.

 

Llegamos de esta manera al título del artículo. Este exordio está justificado porque la descripción de las clases sociales y el didactismo son inseparables en Don Catrín. En efecto, el autor utiliza las caracterizaciones de los personajes para transmitir su idea de sociedad próspera: ordenada, cristiana, de individuos educados y responsables. Lizardi no pretende elaborar un catálogo de clases sociales estático, propio del localismo folclórico, sino aportar un sentido histórico a su crítica. Este es el principal valor de la obra, aunque, a mi modo de ver, el moralismo de Lizardi acaba lastrando la obra de manera determinante.

 

El autor: José Joaquín Fernández de Lizardi (www.memoriapoliticademexico.org)

Un aspecto fundamental en el análisis de las clases sociales es el punto de vista adoptado en la novela. La primera persona del texto pertenece a un antihéroe que relata su vida y emite juicios acerca de los demás personajes, que representan las distintas clases sociales. Por tanto, es necesario descifrar la ironía de los pasajes en los que el catrín alaba o censura comportamientos y opiniones ajenos, puesto que son los opuestos de los que defiende el autor.

 

La estructura de la obra es la de un viaje a través de las diferentes clases sociales urbanas: la aristocracia, la burguesía, el clero, los militares, los hampones y prostitutas. En cuanto al indio, no existe en la sociedad que Lizardi pretende para México, basada en el pensamiento ilustrado y con influencia de la Utopía de Tomás Moro. Al contrario, se le sigue tratando con un paternalismo que exacerba su inutilidad y dependencia del criollo.

 

En la novela, tanto los estratos sociales degradados como las clases más elevadas son improductivos y ociosos. La crítica a las clases sociales privilegiadas se fundamenta en comportamientos anacrónicos como la esclavitud, el abuso de poder, el desprecio de otras razas, la explotación. Tanto por arriba (clases aristocráticas o que se pretenden) como por abajo (mendigos y prostitutas) el ataque de Lizardi se centra en el desprecio al trabajo y la falta de laboriosidad que impiden el progreso de la nación.

 

El didactismo de Lizardi defiende la desaparición de los catrines, para evitar el mal ejemplo y librarse de una clase social parasitaria. En mi opinión, el autor se fija en este tipo porque su influencia perniciosa se extiende por todos los estamentos sociales, desde los más bajos, por nacimiento, a los aristocráticos, por pretensión.

 

El catrín, personaje principal de la obra, representa una clase criolla inútil, basada en las apariencias y en el abuso de unos privilegios antiguos e injustificados. Económicamente improductivo, socialmente afectado, el catrín es un personaje ridículo, una máscara, un engaño que empieza con su nefasta educación. Además, exhibe prejuicios sociales: se niega a ejercer el comercio por la falta de beneficios o porque lo acaparan los peninsulares; tampoco juzga apropiado hacerse cargo de una hacienda, porque no sabe y porque es cosa de gañanes, de indios; en el caso de otros trabajos, están protegidos por el gobierno y, por tanto, fuera de su alcance.

 

Acerca de su vileza moral, basta mostrar la reacción a la muerte de sus padres:

 

Increíble es el gusto que yo tuve al verme libre de ese par de viejos regañones.[2]

 

El origen del catrín es humilde. Él mismo lo expone al principio de la obra, a pesar del tono irónico con el que pretende atribuírse nobleza heredada (el matrimonio de sus padres, los hijos naturales de un notable desconocido, la actitud del padre ante el beneficio económico de la unión, el reconocimiento de que eran tan “catrines”, es decir, improductivos como él). El catrín esconde su pereza con arrogancia y superioridad: justifica su mala educación con un prurito de clase, su desinterés con la modestia, su poco trabajo con una inteligencia extremada. De acuerdo con la actitud didáctica de la obra, los nombres de varios personajes poseen un significado simbólico. Por ejemplo, Precioso, que ilustra el vacío superficial y pretencioso de los catrines, preocupados por sus vestidos, afeites y perfumes.

 

El catrín como personaje popular de la cultura mexicana, años después de la publicación de la novela (www.mexico868.blogspot.com)

El tío cura, de acuerdo con la finalidad didáctica de la obra, representa al clero. Es preciso buscar la visión de Lizardi bajo la capa de ironía con que el protagonista lo describe todo. El personaje, y por extensión la clase social, aparecen como defensores de la educación, una de las ideas principales del pensamiento del autor. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el autor se enfrentó al clero por su actitud intransigente con la libertad de expresión y que llegó a considerar a la Iglesia como un obstáculo para el progreso.

 

Por otro lado, Tremendo representa la clase militar. Su primera intervención en el café frecuentado por Precioso y sus amigos (Capítulo III) ensalza lo que, en retórica, llamaríamos el tópico del Carpe díem, es decir, llama a gozar el momento presente sin preocuparse por las responsabilidades, el estudio, etc. Por tanto, es uno de los tipos denostados por Lizardi como onerosos al progreso, y contraejemplo de lo que, según él, no debería ser un militar. Los puntos más criticados en Tremendo son su falta de respeto por la ley (en la sociedad que Lizardi quería para México la ley es un valor supremo) y por la función del militar (Muerte, eternidad y honor son fastasmas, son cocos con que se asustan a los muchachos, según sus palabras), puesto que retrasan el progreso de la nación. Lo que opina el autor de este personaje y, por tanto, de la clase militar degenerada queda bien claro en sus propias palabras:

 

Pero te advierto que tu amistad no la dediques sino a mí, a Precioso, a Taravilla, a Tronera y a otros semejantes; y de ningún modo a Modesto, a Prudencio, a Constante, a Moderato ni a otros oficiales hipócritas y monos de que por desgracia abunda nuestro regimiento. (p. 89)

 

Sigue un breve discurso despectivo respecto al conservadurismo cristiano de estos personajes, y el propio protagonista se suma a las burlas pocas líneas más abajo.  Sin embargo, estos son los personajes (y las actitudes que representan) que necesita la nación para prosperar en orden, de acuerdo con Lizardi.

 

La actitud contraria encontramos en Modesto, de nombre más halagador, cuyo discurso refleja en del autor en materia de conducta social. El militar descrito por Modesto se guía como un legítimo caballero es útil a la sociedad, atento, comedido, bien criado, humano, religioso.

 

En la descripción de las clases modestas continúa Lizardi criticando los comportamientos perjudiciales para el progreso: Laura y su tía, prostitutas, se hacen pasar por parientes de don Catrín. Se les caracteriza como ociosas y propensas al engaño; los comerciantes son mezquinos, tacaños y muy alejados de la honradez que esto oficio precisa para procurar el bienestar general.

 

En definitiva, la descripción de las clases sociales es capital en Don Catrín de la Fachenda puesto que el objetivo de Lizardi es educar a la sociedad del XIX con avisos sobre comportamientos ejemplares o perniciosos. Como hemos visto, el principal valor literario que justifica la pervivencia de la obra es la elección del narrador, antihéroe y contrapunto de sus ideas, que presenta ciertas concomitancias con el pícaro de la tradición literaria española.


[1] Introducción a Don Catrín de la Fachenda. Noches tristes y día alegre, edición de Rocío Oviedo y Almudena Mejías, Cátedra, Madrid, 2001.

[2] Vida y hechos del famoso caballero Don Catrín de la Fachenda, obra inédita del pensador mejicano ciudadano José Joaquín Fernández de Lizardi, Méjico, imprenta del ciudadano Alejandro Valdés, 1832. Se trata de la primera edición de la obra, cuya versión digital está disponible en Google libros.