Cuando al fin estoy solo ante mi

adversario,

escondo la cabeza entre las manos y olvido todo lo ensayado.

Grito airado a cada golpe

y proclamo, aturdido por el eco,

que soy un hombre firme, noble, entero,

que soy un hombre,

y me defiendo.

Con un débil balbuceo, lo proclamo.

De rodillas, cabizbajo, lo proclamo.

Desnudo ante el espejo, deformado,

me defiendo.

Sierre, 25 de marzo de 2008

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