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Río Bravo, dirigida por Howard Hawks en 1959, está considerada por muchos como una de las mejores películas del oeste de la historia. Estas notas exponen brevemente algunas razones de su éxito y perdurable aprecio crítico.

El argumento es sencillo: el sheriff de una pequeña localidad, John T. Chance (John Wayne), ha detenido por asesinato a Joe, hemano del poderoso propietario Nathan Burdette. Su deber es entregarlo al juez, que llegará tres días más tarde. Afrentado, el ranchero Nathan decide tomar el pueblo, con la intención de liberar a su hermano cueste lo que cueste.

"Un majo bien bragao". John Wayne como John T. Chance en Río Bravo (www.alpaqino.blog.toutlecine.com)

Chance se dispone a resistir sin pedir ayuda a nadie, pero se le unen de manera voluntaria tres peculiares figuras: Dude, un ayudante alcohólico (Dean Martin), Stumpy, el anciano guardián de la prisión (Walter Brennan) y Colorado, un joven pistolero, tan hábil como arrogante (Ricky Nelson). Nadie en el pueblo da un duro por ellos, pero aislados en la cárcel y con la Justicia de su lado, los cuatro se someterán al asedio de los esbirros de Burdette, que amenazan con masacrarles en cualquier momento.

Se plantea, de este modo, una de las encerronas más emocionantes de la historia del cine. Río Bravo es, sin duda, un western sobresaliente, no tanto por lo innovador sino por el uso magistral de elementos tradicionales del género y, sobre todo, por el enjundioso mensaje que dispensa. Es mucho más que una historia de buenos que acaban ganando a los malos. Para apreciar la película debemos ser conscientes del combate universal que se establece en este rincón perdido del oeste y reflexionar acerca de la situación y las razones de quienes deciden ponerse del lado del bien.

Así pues, John T. Chance no imparte justicia porque esté sujeto a servidumbres jerárquicas. Sus superiores están lejos, en la ciudad, y el juez tardará demasiado en llegar. Chance y sus subalternos están, por tanto, solos en su afán de aplicar la ley. Lo que hace admirables a estos personajes es, precisamente, que nadie les obliga a respetar el orden. Chance podría dejar libre a Joe Burdette e incluso convertirse en un rufián: no arriesgaría su vida, obtendría más beneficios materiales y nadie le pediría cuentas. Sin embargo, opta por lo más difícil, que es mantener su convicción moral inexpugnable frente a las amenazas. A mi juicio, esta es la enseñanza que el espectador ha de extraer de Río Bravo.

Sin embargo, hay quien opina que los cuatro personajes centrales son unos fascistas violentos, porque tienen armas y las usan, o porque los actores eran republicanos. Estas majaderías tienen dos explicaciones, a mi modo de ver: en primer lugar, una educación lamentable  que impide disfrutar de cualquier manifestación cultural o social no aprobada por el tribunal de la corrección progre (una empanada de buenismo candoroso, igualdad mal entendida, manipulación de las minorías y desprecio a la libertad e inteligencia del individuo); por otro lado, una instrucción escolar deficiente, que no les permite distinguir entre el argumento y el mensaje de la película. El argumento nos cuenta que unos personajes defienden la ley con el rifle en la mano, matando a los que quieren atropellarla; el mensaje, sin embargo, es que debemos mantenernos firmes en el bien, aunque nuestro entorno nos presione para que cedamos.

Uno de los momentos más deleitosos de la película llega cuando Dean Martin y Ricky Nelson se entretienen en la cárcel cantando y tocando la guitarra. Nótese la pericia del director, que transforma un número musical impuesto por la productora en un resumen lírico del mensaje expuesto más arriba. “My rifle, my pony and me”, compuesta por Dimitry Tiomkin y usada también en Río Rojo, nos habla de la soledad del hombre en la inmensidad del paisaje norteamericano, de la añoranza por el hogar y el ser amado. Es, en definitiva, la misma soledad de estos héroes y la de todos los que no abandonan sus principios[1] ante las amenazas o las dificultades. Consideremos también la redención que este episodio supone para Dude, el borrachín, y Stumpy, el trasto viejo, así como la afirmación personal del personaje femenino, Feathers (Angie Dickinson), injustamente considerada desde el principio de la película.

En resumen, el oficio de Howard Hawks combina estas historias, valores y sentimientos para producir una película de vaqueros con sustancia y pasatiempo, cuyo sólido prestigio entre los aficionados al cine está totalmente justificado.


[1] Me refiero a principios honorables como la libertad, el respeto y la rectitud, no a principios como los del “Che” Guevara, también defendidos con convicción pero bastante más perniciosos para sus contemporáneos.

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www.cinemotions.comEsta película de Michael Haneke no es una crítica de la violencia en la sociedad contemporánea ni una denuncia sobre la deshumanización del hombre moderno. De hecho, el tema central de la película no tiene nada que ver con la violencia.

A nuestro juicio, Funny Games trata de la manipulación. Haneke quiere convencernos de lo fácil que es manipular al espectador y las reacciones que ha provocado le dan la razón. La indignación de unos ante la violencia injustificada, la admiración de otros por la osadía en la crueldad… todo esto carece de sentido si se analiza en frío la película1. Por un lado, si tenemos en cuenta el uso de la violencia, Funny Games es una película flojísima, con un guión facilón y efectista. Después de la escena del mando a distancia ya no podemos tomárnosla en serio como tesis sobre la deshumanización, o el voyeurismo del espectador, por ejemplo.

Sin embargo, la historia adquiere algo de consistencia si tenemos en cuenta el afán manipulador del autor. Están así justificadas técnicas narrativas que en una película que pretende transmitir un mensaje serio sobre la violencia serían ridículas, como la ruptura de la “cuarta pared” (Paul se dirige en ocasiones al espectador), la escena en la que Anna deja pasar el coche que los hubiera salvado o, sobre todo, el episodio mencionado del mando a distancia. Son, antes bien, trucos evidentes para demostrar que el director de cine puede manejar al espectador como una marioneta para hacerle sentir angustia, indignación, alivio…

Para llegar a tal fin, el director podía haber elegido el sentimentalismo fácil (la trágica vida de una madre pobre que ve morir a sus hijos por enfermedades, drogas, accidentes) o lo chocante (escenas pornográficas, imágenes explícitas de perversiones), pero decide utilizar una violencia extrema y sin sentido.

Así pues, como retrato de la violencia en la sociedad o interpretaciones parecidas, la historia no tiene ninguna consistencia. Es cierto que por el mundo andan sueltos tipos como Paul y su amigo, capaces de estas barbaridades y de cosas peores, mas la manera de presentar lo hechos desacredita cualquier efecto redentor o ejemplar.

Respecto a la reflexión sobre la manipulación, Haneke nos recuerda que cualquier película u obra literaria dirige los sentimientos del espectador hacia la nostalgia, la duda, la desazón, etc. De hecho, toda obra artística es manipulación, y esto no tiene nada de malo. El espectador acepta dejarse llevar, con un límite impuesto por su exigencia intelectual y estética.

En definitiva, bajo este punto de vista, es posible ver Funny Games con la cabeza despejada, relajadamente, pensando con satisfacción: “¡Qué chico tan malo, este Haneke! Pues a mí no me manipula. ¡Menudos cojones tengo yo, que admiro a Bergman y el cine chino!”

1. En El violento matiz de la amapola no nos las queremos dar de valientes. Asistimos a la proyección pálidos de zozobra y sólo nuestro apego al dinero ya gastado nos mantuvo en la butaca. Estas reflexiones surgieron en tertulia, tras varios días de sosiego y visitas a mamá.