En este ejercicio vamos a analizar un fragmento en prosa breve, a la par que colmado de matices reveladores. Se trata del párrafo que abre la novela El coronel no tienen quien le escriba, publicada por García Márquez en 1958. Es uno de los primeros títulos de su autor y uno de los que más han contribuido a fortalecer la fama y el prestigio mundiales de los que goza aún hoy. Méritos no le faltan: su cuidada técnica narrativa, no valorada por la crítica en su momento, sus referencias a la situación de Colombia y, sobre todo, la superación de ese marco local para tratar temas literarios universales como la soledad, la dignidad y la rebeldía.

El coronel abrió el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

Ed. de Espasa Calpe, 1986.

La intención primera de este párrafo es hacer consciente al lector de la miseria en la que vive el protagonista, amén de algunos otros rasgos de su personalidad como la paciencia y la meticulosidad. La pobreza, tema principal en este fragmento, es una circunstancia fundamental en la novela, puesto que funciona como un catalizador que hace aflorar la verdadera naturaleza de los protagonistas. El coronel y don Sabas, que fue pobre, reaccionan de manera muy diferente ante la pobreza: el coronel mantiene su dignidad, algo que nunca hizo don Sabas. La violencia política y la represión son otros de estas circunstancias que nos permiten saber qué vale moralmente cada personaje.

Llama la atención que la novela se abra directamente con una referencia al personaje principal, del que nunca sabemos su nombre. Esta elección obedece, bajo mi punto de vista, a criterios de orden simbólico. Por un lado, se consigue universalizar al personaje, despojándolo de un nombre propio; la jerarquía militar, por otro, le caracteriza como un luchador; no olvidemos, por último, que la gente del pueblo sigue llamándole “coronel”, a pesar de que lleva varios años retirado y de que no hay ninguna guerra desde hace 56 años. Este carácter resistente y batallador se confirmará con la lectura de la novela. Es posible apreciar, no obstante, algunas pinceladas de su personalidad sosegada y concienzuda en este fragmento.

Cuando abre el tarro de café, leemos que “no había más de una cucharadita” (línea 2). A primera vista, no hay indicios que nos permitan deducir si se trata de un descuido o de un efecto de una situación económica apretada. Veamos cómo una lectura atenta permite favorecer la segunda opción.

Para empezar, las acciones narradas se suceden en orden (destapó, comprobó, retiró, vertió, raspó); todas las oraciones, excepto la última, son breves por igual y sintácticamente paralelas (verbo transitivo en un esquema simple, S + V + Comp). Este estilo sencillo y repetitivo busca revelar el carácter meticuloso del personaje, en el que no encaja un despiste en el aprovisionamiento periódico del hogar. Del mismo modo, el agua que se vierte no indica torpeza, puesto que no es coherente con el resto del fragmento. Podemos aventurar una edad bien cumplida y el vigor magro que la acompaña como explicación del accidente leve.

Esta agua derramada nos permite analizar la segunda explicación en esta caracterización indirecta del personaje a través de sus acciones. El líquido cae sobre “el piso de tierra” (línea 4), indicio de que la casa en la que vive el coronel es modesta. Testimonio ultimo de la humildad en la que vive el coronel es la última oración (líneas 4 a 8). El rigor y el temple con los que se gobierna este hombre (“raspó […] hasta cuando se desprendieron”) sólo le permiten tomar “las últimas raspaduras” (¿lleva acaso bebiendo y viviendo de eso toda su vida?) no de café, sino de un polvo mezclado con óxido de lata.

En mi opinión, esta lectura es adecuada puesto que aporta un sentido coherente y unitario a todas las oraciones del párrafo. Como vemos, todas las palabras contribuyen a comunicar el tema principal expresado en este ejercicio: presentar al coronel como un hombre pobre, flemático y cuidadoso.

Me gustaría añadir a este comentario algunas reflexiones sobre la técnica descriptiva de este pasaje. Como queda de manifiesto tras una lectura cuidadosa, lo importante de este párrafo no son las acciones, sino lo que éstas nos dicen de los personajes. El argumento podría haber sido otro (poner orden en la casa o reparar un objeto, por ejemplo) pero lo que al final entiende el lector que es clave (el tema) hubiera sido lo mismo: la pobreza, aunque esta palabra no aparezca en el texto. Esta manera de leer es fundamental en El coronel…, ya que es el significado oculto tras las acciones el que nos mostrará elementos clave de la obra como al violencia en el pueblo, la dignidad, la personalidad de don Sabas y otros. En más, sin esto la novela se convertiría, como algunos lectores poco diestros la describen, en una serie de acontecimientos banales sin sentido ni valía literaria.

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A mi juicio, el tema principal de El coronel no tiene quien le escriba es la dignidad de la persona que no se rinde ante las injusticias del poder. El coronel no es un anciano derrotado por la pobreza ni un iluso que todavía espera ingenuamente la pensión y las victorias del gallo, sino una persona que luchó por la libertad y que se opone de la única manera que puede a la tiranía: con sus principios inquebrantables. Su conducta íntegra entre la soledad, la incomprensión y el desprecio de todos le convierte en un personaje conmovedor, admirable, universal.

El protagonista va todos los viernes al puerto con la esperanza de recibir la carta que le anuncie la pensión correspondiente como militar retirado. Sabemos que esa carta nunca va a llegar, puesto que los militares en el poder (a la sazón el general Rojas Pinilla, aunque nunca se le menciona en la novela) nunca recompensarán a un enemigo político. Esto le presenta a ojos de sus paisanos y de algún lector despistado como un cándido obstinado. Sin embargo, el coronel no va al puerto a comprobar si hay correo, sino a reclamar lo que es suyo y a demostrar que no se rinde. Ya no tiene edad para echarse al monte con un fusil, pero sí para recordarles a los opresores con su presencia que están cometiendo una injusticia y que él no piensa transigir. Dejar de ir al puerto significaría aceptar el abuso, reconocer que el dictador ha vencido.

Lo mismo puede decirse del gallo. En el fondo, el coronel no cuida del gallo con la esperanza de ganar dinero. Tras la muerte de Agustín, el animal se ha convertido en un símbolo de resistencia política en el pueblo y en un recordatorio del hijo perdido. Venderlo sería rendirse ante la injusticia que supuso tal crimen, dejarse vencer por la desesperanza. Así se entiende por qué don Sabas insiste en que se deshaga del animal. Él es un traidor, un corrupto que se entregó al régimen hace tiempo y, por tanto, carece del idealismo y la fortaleza moral del coronel.

Por otro lado, la rectitud del protagonista se ve reforzada por un carácter independiente y un punto altivo: no lleva sombrero “para no tener que quitármelo delante de nadie”, “el día que me sienta mal no me pongo en manos de nadie. Me boto yo mismo en el cajón de la basura”. Es también disciplinado, optimista y constante. La preparación del café al principio de la novela, su manera de escribir tal como le enseñaron “en la escuela pública de Manaure”, el buen humor o el trato cariñoso hacia su esposa son ejemplos. No desesperarse es una manera de demostrar que la pobreza y la injusticia causadas por la dictadura no podrán derrotarlo.

Así pues, abundan en la novela gestos cotidianos y comentarios aparentemente banales, pero que revelan su compromiso con la justicia y su integridad invulnerable. Por ejemplo, una vez que se ha comprendido que el carácter luchador del coronel se refleja en estas acciones ordinarias podemos explicarnos una decisión en apariencia absurda: el coronel decide gastar el poco dinero que consigue en saldar cuentas con don Sabas, a quien unos pocos pesos no le hacen ninguna falta. No actúa así por cabezonería o por amistad hacia su “compadre”, sino porque su dignidad le impide beneficiarse del dinero manchado de un traidor.

Respecto a su actitud con Don Sabas, se podría pensar que las horas de espera en su casa sin que se le haga caso son una humillación para el coronel. Además, esta mansedumbre no sería coherente con el orgullo del protagonista. Sin embargo, lo que el coronel está haciendo realmente durante estas visitas es recordarle a don Sabas con su presencia que no es más que un traidor y un miserable. Cada minuto de silencio mirando por la ventana, cada comentario intrascendente son como una pequeña puñalada en la conciencia del enfermo. De nuevo, enfrentarse a don Sabas le exigiría un gran esfuerzo, que acabaría siendo en vano. El coronel prefiere esta manera sutil y pausada de pasarle a su antagonista su miseria moral por la cara.

En definitiva, su insistencia en ir cada viernes a recibir el correo y su negativa a vender el gallo no son muestras de un carácter ingenuo u optimista. Son las únicas armas de protesta que le quedan. Recibir esa pensión es un acto de justicia y no tiene por qué olvidarse del asunto. Dejar de ir al puerto y vender el gallo sería rendirse ante un régimen militar usurpador e injusto. No tiene fuerzas para continuar en la clandestinidad, como su hijo y sus amigos. Reclama, pues, lo que es suyo como única manera de ser coherente consigo mismo, aunque eso le obligue a vivir en soledad. Este rasgo convierte al coronel en un personaje literario universal. No es su paciencia lo que le hace grande, sino su rebeldía y su afán inquebrantable de justicia.

[…]

-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero supónte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.

La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos.

-Sancocho de gallo. Mañana mismo lo preparas.

Aquella noche, en medio de una vigilia suave y prometedora, el coronel decidió rendirse. “Hoy no voy al puerto”, dijo elevando la voz sobre la trabajosa y acompasada respiración que flotaba en el dormitorio. Mientras su mujer desplumaba el gallo con las primeras luces del alba, el coronel enrolló la hamaca, se vistió con la parsimonia de quien va a recibir una medalla y salió a la calle. Cumplió su palabra y, por primera vez en quince años, no fue al puerto en viernes sino que se llegó al cuartel. “Vengo a ver al alcalde y no me iré sin ser recibido”, le espetó con firmeza al niño, casi un soldado, que hacía guardia en la puerta.En los once minutos que estuvo en el despacho, el coronel denunció al sastre y a todos los compañeros de su hijo Agustín.

Quince días después recibió una compensación por este servicio a la patria, que les permitió comer durante un mes. Don Sabas mostró su satisfacción con invitaciones y copiosos envíos de comida. El coronel los aceptaba con una ligera reverencia del sombrero que su compadre le había regalado.

Cuando, semanas después, don Sabas le ofreció un contrato para vigilar uno de sus almacenes de grano, el coronel se dobló en una sincera genuflexión y se quitó el sombrero. Necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Gracias, compadre, se lo agradezco en el alma.

En fin, al coronel le fue muy bien con sus nuevos amigos. Véalo en esta foto.