El ciprés de Silos es, sin duda, uno de los poemas más leídos y comentados de la literatura en español. Su autor es Gerardo Diego (Santander, 1896-Madrid, 1987) miembro y antólogo de la Generación del 27, cultivador de formas tradicionales y vanguardistas, autor de una obra fundamental en las letras españolas.

El poeta (enriquegutierrezmiranda.blogspot.com)

 

ENHIESTO surtidor de sombra y sueño,

que acongojas el cielo con tu lanza.

Chorro que a las estrellas casi alcanza,

devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,                                 5

flecha de fe, saeta de esperanza.

Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,

peregrina al azar mi alma sin dueño.

Cuando te vi, señero, dulce, firme,

qué ansiedades sentí de diluirme                                  10

y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,

ejemplo de delirios verticales,

mudo ciprés en el fervor de Silos.

Poesía española contemporánea (1901 – 1934), antología de Gerardo Diego, Madrid, Taurus, 1987.

El 4 de julio de 1924, Gerardo Diego pasó la noche en la hospedería del monasterio de Santo Domingo de Silos, en la provincia de Burgos. Se conoce que quedó embelesado por la belleza del claustro, que albergaba en aquella época cuatro cipreses, y escribió este soneto en el libro de visitas. Fue publicado posteriormente en el libro Versos humanos (1925, Premio Nacional de Literatura).

Se ha dicho que “El ciprés de Silos” es la expresión de un hombre creyente en busca del afinamiento espiritual que Dios procura. Si bien es cierto que la idea de perfeccionamiento en Dios es fundamental en el soneto, al igual que el ciprés como símbolo del anhelo ascético, esta lectura deja de lado el pesimismo que, a mi juicio, transmiten los versos y determina la lectura.

Así pues, creo que el tema principal es la desesperación de un alma ante la imposibilidad de hallar alivio a su zozobra mística. El ansia de mejora es un tema presente pero segundo, ya que este sentimiento se ve superado por la amargura de saber que la perfección interior es inalcanzable. El ciprés es, por tanto, un símbolo ambivalente, puesto que representa a un mismo tiempo la esperanza de encontrar un alto camino para el espíritu y el obstáculo para andarlo.

El tema principal es la desesperación de un alma ante la imposibilidad de hallar alivio a su zozobra mística.

En lo que se refiere a la métrica, ya hemos dicho que se trata de un soneto. Consulte este manual de métrica para leer algo más sobre este poema estrófico.

La estructura interna ofrece comentarios diversos. Por un lado, es preciso notar la doble focalización externa e interna, centradas en el ciprés y la voz lírica, respectivamente. La focalización externa ocupa los versos primero a sexto, así como el segundo terceto. La interna, los versos séptimo a décimo. Tal estos versos íntimos están contorneados por la descripción del árbol, el lector siente al poeta envuelto y arrastrado por el vigor de la apetencia religiosa.

Es posible, por otro lado, trazar otra estructura interna, a mi modo de ver más fructífera en significado:

– primera parte: los dos cuartetos. La voz se dirige al objeto poético para anunciar el encuentro místico. Distínganse los versos primero a sexto, sucesión de metáforas que apostrofan al ciprés, de los versos séptimo y octavo, relato de la íntima reunión.

– segunda parte: los dos tercetos. El poeta describe la consecuencia sensacional del encuentro descrito en la primera parte.

A continuación analizaremos con detalle cada una de estas dos partes para justificar el pesimismo enunciado en el tema principal.

En la primera parte podemos subrayar la idea de elevación espiritual. Así lo demuestra el repaso del vocabulario elegido: enhiesto,cielolanzaestrellasalcanzaflechasaeta. Podemos identificar también otros campos léxicos: el agua (surtidor, chorro); la fuerza (mástil, prodigio). En estas metáforas se aúnan tres poderosas ideas relacionadas con el tema segundo: el nacimiento a una vida nueva y mejor; el agua, aquí símbolo de la pureza que el poeta apetece para su espíritu; la fuerza, esto es, la voluntad de ascender que la voz observa en el objeto. Esta última idea es, a mi entender, fundamental, puesto que la voluntad se le atribuye al ciprés mas no aparece nunca como propia del yo lírico. Por tanto, nada hay en el poema que nos permita afirmar que el sujeto poético tenga la voluntad de recorrer ese camino de afinamiento. Más bien permanece como espectador de su propia desesperación. Estos sentimientos se hacen presentes en el verso cuarto:

devanado a sí mismo en loco empeño.

“Devanar” significa enrollar un hilo o alambre alrededor de un eje. Este girar continuamente en torno al mismo punto nos hace ver que cualquier intento de encontrar un sentido a nuestro vivir es inútil. El ciprés, aunque apunta a lo alto, no hace más que dar vueltas sobre sí mismo. Loco empeño confirma lo sombrío de este verso, que se opone a los tres anteriores y apoya nuestro enunciado del tema principal: para el poeta, el ser humano no tiene ninguna posibilidad de consolar su alma en Dios.

Para el poeta, el ser humano no tiene ninguna posibilidad de consolar su alma en Dios.

Proseguimos el análisis semántico. Los versos quinto y sexto, aún centrados en el ciprés, constan de cuatro metáforas que ilustran la clave para leer este soneto:

Mástil de soledad, prodigio isleño, 


flecha de fe, saeta de esperanza.

Las cuatro presentan una estructura bimembre que da mucho comentario. En las del verso quinto, la primera parte de la estructura se relaciona con tema segundo: mástil, prodigio, el impulso en la búsqueda de confortación; la segunda ahonda en el desánimo:soledadisleño, en el sentido de “aislado”. En la lectura final, la noción de soledad vela el vigor de las recias metáforas y se impone, tanto en este verso como en la composición. Así lo consigna el tema principal expuesto en este comentario.

Por su parte, las metáforas del verso sexto parecen consolidar la visión amable del árbol:

Flecha de fe, saeta de esperanza.

El léxico es, en efecto, coherente con el símbolo del ciprés como anhelo místico, pero es menester agotar todas las posibilidades que estas metáforas ofrecen. Tanto flecha de fe como saeta de esperanza pueden leerse como “flecha para la fe” y “saeta para la esperanza”, lectura coherente a su vez con lo que plantea este comentario.  Véase, por un lado, el verso segundo; por otro, como hemos visto en el verso cuarto y veremos en el decimosegundo, el ciprés es también presencia sombría en la oposición de este soneto, venero de esperanza a la par que pozo de abatimiento entre los que titubea el alma del poeta.

Las soluciones sintácticas elegidas por el poeta reflejan la contradicción interior que acabamos de comentar. Por un lado, el primer cuarteto está compuesto por dos oraciones de relativo. En ambas el antecedente se refiere al tema segundo (surtidor, verso primero, chorro, verso tercero) matizado a continuación por la subordinada. Apréciese la sutil oscilación entre los dos cipreses que se desdoblan en el  alma del poeta, en concordancia con el tema  principal. Destacan, por otro,  las estructuras binarias de los versos quinto y sexto, que ahondan en lo afirmado a propósito del primer cuarteto.

En resumen, los seis primeros versos, que retratan al ciprés como metáfora de la aspiración al alivio divino, no suponen un regocijo para el alma del lector, quizá también extraviada, sino la confirmación de que el refugio espiritual que evoca el cupresáceo es imposible de alcanzar.

El ciprés (almasdepoetas.blogspot.com)

Los versos séptimo y octavo cierran la primera parte con el encuentro entre la voz y el objeto poéticos. Destaca aquí el contraste entre la solidez del ciprés y la condición mudable del alma: peregrinaazarsin dueño. Tal recurso multiplica lo majestuoso del árbol a la par que justifica el arrobo del poeta. Sin embargo, creo que en estos dos versos no hay ansia de superación, sino que permanece el pesimismo del tema principal.

Corrobora la inconstancia del viajero el hipérbaton que abarca ambos versos. Una sintaxis acaso más recta leería “mi alma, peregrina y sin dueño, llegó a ti hoy al azar por las riberas del Arlanza”.

En la segunda parte, el lector vuelve a encontrar la oposición entre los objetos poéticos representados por el ciprés. Por un lado, ideal robusto de perfección:

señero, dulce, firme, (verso 9)

por otro, testimonio de que para el hombre, tal perfección es imposible de alcanzar. A continuación, trataremos de justificar esta afirmación.

El primer tercero se abre con el instante luego del encuentro,

cuando te vi,

para mencionar seguido la ansiedad que abruma al poeta,

qué ansiedades sentí de diluirme

y ascender como tú, vuelto en cristales,

Esta ansiedad concierta con la congoja del segundo verso, la locura del cuarto, así como con el delirio del décimo. Se trata de sensaciones que cohesionan toda la composición y que, por tanto, demuestran que la actitud primera del poeta es la desesperanza por saber que el ansia de superación sugerido por el ciprés es imposible de alcanzar.

La actitud primera del poeta es la desesperanza por saber que el ansia de superación sugerido por el ciprés es imposible de alcanzar.

Por otro lado, diluirme evoca un deseo de desaparición, coherente con vuelto en cristales, querencia por la disgregación física en las incontables estrellas que adornan la bóveda nocturna (representadas por la metáfora cristales). Esto nos empuja a entender elascender del verso undécimo como un deseo de muerte antes que de perfección. Nótese el desencanto supino de quien piensa que no hay posibilidad de mejora espiritual en esta vida, y que sólo la muerte puede acabar con el quebranto de su alma perdida.

El segundo terceto empieza con la repetición de como tú, que corrobora la distancia insuperable entre el alma del poeta y el sosiego atribuido al árbol. El lector, al comenzar la lectura de este verso, adquiere la certidumbre de que la voz nunca alcanzará la purificación anhelada. Se comprende también el léxico determinadamente sombrío que colma el soneto hasta su fin: negra torre, arduos filos, delirios, mudo.

 

Es indudable que negra alude a la muerte, por lo que enlaza con el ascender del verso undécimo; arduos filos aporta una visión áspera del ciprés, lejos de la figura amable que nos hace soñar con un yo mejor que tradicionalmente se ha presentado; por su parte, delirios ahonda en la idea de que todo afán humano de perfeccionamiento es una quimera.

Cierra el soneto un verso fenomenal:

mudo ciprés en el fervor de Silos.

Gerardo Diego demuestra aquí su pericia al resolver en un sintagma el conflicto que han desarrollado los trece versos anteriores. Por un lado, evoca el paisaje que ha dado pie a la anécdota, esto es, el ciprés en Silos; por otro, establece una oposición clara entre el mudo árbol y el fervor del monasterio. Clara, puesto que ante el sentimiento religioso propio del cenobio, y sobre todo de la voz poética, la esperanza depositada en el ciprés no tiene ningún valor: ya no es un chorro, un prodigio, una flecha… sino un objeto mudo, vacío, incapaz de responder a la llamada de un hombre desesperado.

En resumen, “El ciprés de Silos” es un poema apreciado por su lenguaje sencillo y el sentimiento universal que transmite, el ansia de paz espiritual. Creo que se trata, sin embargo, de una obra no tan amable como parece a primera vista. En este ejercicio he tratado de justificar una lectura pesimista que no menoscaba en absoluto la posición excelente que el soneto de Gerardo Diego ha obtenido en el gusto de los lectores.

 

El monasterio (foto de Tony Grimalt, http://www.fotocommunity.es)

“Adolescencia” pertenece a Ámbito, el primer libro de Vicente Aleixandre. La crítica ha distinguido a este poeta de copiosa producción como uno de los nombres más altos del siglo XX. Sus primeras composiciones presentan, bajo una forma aparentemente sencilla, una complicación literaria admirable en un poeta de veintiséis años. En efecto, su obra temprana recoge influencias tanto de la tradición renacentista y barroca como del simbolismo y surrealismo a la sazón cultivados en Europa.  Así lo ilustra el poema que nos ocupa:

 

Adolescencia

Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.                                  5
—El pie breve,
la luz vencida alegre—.

Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje                                          10
fluir, desvanecerse.

 

(de Ámbito, edición de Alejandro Duque Amusco, Madrid, Castalia, 1990)

 

Este poema ha sido interpretado como una evocación nostálgica de la pubertad, época añorada y cantada por el hablante lírico. Sin embargo, creo que esta lectura no apura las dobleces literarias de un poema mucho más amargo y desencantado de lo que parece. A mi juicio, el verdadero tema principal es el deseo inalcanzable de permanecer en una infancia prístina, intocable, eterna. La voz poética no anhela la adolescencia, sino que la considera un obstáculo para su felicidad y una época que él hubiera deseado no vivir nunca. Esto explica el “extrañamiento” de la segunda estrofa: por un lado, el poeta como voz que expresa el íntimo apetito; por otro, el poeta como muchacho que observa el paso del tiempo (el río que corre) desde la distancia. La adolescencia se desvanece y el niño que mira desde el puente seguirá siendo niño eternamente.

 

El mensaje del poema no es evocar con cariño la pubertad sino expresar el deseo amargo e imposible de que nunca hubiera existido.

 

En mi opinión, la nostalgia amable que se le ha atribuído a este poema no está justificada tras una lectura atenta. Nótese, en su lugar, la densa amargura que se esconde tras te fueras y no verte, así como la sutil crueldad del último verso: “Me habría gustado ver cómo tú mueres, cómo tú desapareces, mientras yo sigo en el paraíso de mi niñez”

 

Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Federico García Lorca (www.bo.kalipedia.com)

En cuanto a la estructura externa, nos encontramos ante once versos libres (dos endecasílabos, tres eneasílabos, cuatro heptasílabos, un pentasílabos y un tetrasílabo) sin un esquema rítmico determinado. Es frecuente, no obstante, la asonancia e-e (verte, puente, breve, alegre, corriente).

El verdadero tema principal es el deseo inalcanzable de permanecer en una infancia prístina, intocable, eterna.

La estructura interna, por su lado, se compone de dos partes:

1ª parte – la primera estrofa está habitada por una sensación de movimiento perpetuo.

2ª parte – en la segunda estrofa la voz poética observa ese movimiento desde una posición de distancia. Se puede apreciar ahora una oposición entre movimiento y estatismo

 

Analicemos ahora con más detalle estas dos partes para para sustentar la tesis de este comentario. En el primer verso, los dos subjuntivos llevan al lector a un plano de imprecisión temporal propicio tanto al recuerdo de lo pretérito como a su reconstrucción hipotética:

 

Vinieras y te fueras dulcemente,

 

Debemos leer en este punto: “desearía que vinieras y te fueras dulcemente, sin convertirme de niño en adolescente y adulto”. La remembranza risueña de la adolescencia no incluiría ese te fueras sutil a la par que implacable.  Por otro lado, este ejemplo muestra que la elipsis es un recurso recurrente para transmitir el amargo mensaje envuelto en un tono tenue y sugestivo, como veremos más adelante.

En este primer verso aparece, además, la primera de las estructuras bimembres que confieren a la lectura de la primera parte su ritmo peculiar. Cabe comentar, todavía en el mismo verso, el apóstrofe que permite al poeta humanizar la adolescencia y acercarla a lo íntimo del destinatario. Este recurso ha contribuido, sin duda, a alimentar la lectura candorosa antes mencionada. Se trata, sin embargo, de una herramienta para comprender el verdadero afán del poeta.

En los versos segundo y tercero encontramos una nueva estructura bimembre de mucha sustancia:

 

de otro camino
a otro camino. Verte,

 

Podemos apreciar aquí, para empezar, un recurso estilístico semántico de colmado ejercicio en la tradición literaria. El camino como alegoría de la vida se añade a la sintaxis ya comentada para hacernos sentir el tránsito inexorable de nuestros años. Así escribió Jorge Manrique:

 

Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

 

En segundo lugar, hemos de relacionar el adjetivo indefinido otro con el desdoblamiento del yo poético que se manifiesta principalmente en la segunda parte (el poeta se observa a sí mismo como un muchacho). La persona no desea aquí que la adolescencia vuelva a su vida, sino que pase al lado, sin transformarle (por otro camino). Estamos, por tanto, ante otro argumento que corrobora la idea central de este comentario.

Repartida entre los versos tercero y cuarto se halla otra estructura de las que se han destacado:

 

a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.

 

La cesura del verso tercero y el encabalgamiento consiguen contener el ritmo de la lectura, que se hace presto en el cuarto gracias al esmero fónico, sintáctico y semántico empleado. En cuanto al primero, señalemos la sucesión de cinco monosílabos (la sinalefa en ya otra convierte al adjetivo indefinido en monosílabo). Además, en este ligero continente sonoro Aleixandre vierte los siguientes contenidos sintácticos y semánticos: por un lado, la conjunción copulativa, cuya función es acelerar el tránsito de las ideas entre dos sintagmas coordinados; por otro, un adverbio de tiempo (ya) con significado de inmediatez y una locución adverbial que introduce la idea de repetición (otra vez), propicios ambos al objetivo del poeta.

El verso quinto merece un comentario parecido a los anteriores:

 

Pasar por un puente a otro puente.

 

También aquí encontramos una metáfora relacionada con lo inexorable del tiempo. Puente, al igual que camino, simboliza el tránsito de nuestra vida. Como antes, la repetición es necesaria para el ritmo deseado por el autor. Por último, el adjetivo indefinido y el verbo resaltan el movimiento tan cercano al mensaje del poema. Téngase en cuenta que quien pasa es el propio poeta como niño – como se comentará en los versos sexto y séptimo-. El puente marca la separación del yo con el paso del tiempo – la corriente -, de manera que la elección léxica en este verso subraya la idea central descrita en este comentario.

Las cuatro estructuras analizadas hasta ahora transmiten una idea concreta de movimiento. Esa adolescencia que la voz poética apostrofa no se dirige hacia un “aquí” hipotético donde se encuentra el “yo” del poema. Antes bien, verbos como te fueras, no verte y pasar, el indefinido otro, así como los conceptos camino y puente nos dicen que se aleja de ese “yo” y de ese “aquí”. Por tanto, el mensaje del poema no es evocar con cariño la pubertad sino expresar el deseo amargo e imposible de que nunca hubiera existido. Me baso en los tres verbos mencionados para justificar el atribulado sentimiento que percibo en “Adolescencia”.

 

—El pie breve,
la luz vencida alegre—.

 

Pasemos ahora al comentario de los versos sexto y séptimo. Constituyen una coda que corrobora la idea de que el verdadero anhelo del poeta no es la adolescencia sino la niñez. Breve recupera aquí su significado clásico: “pequeño”. La figura evocada en el verso anterior es, pues, un niño. En cuanto al verso séptimo, yo interpreto la luz vencida como el atardecer. Hay que tener en cuenta, por un lado, que esta idea comunica el paso del tiempo, como el resto de la composición; por otro, se suelen atribuir connotaciones negativas al atardecer: la tristeza del ocaso, la muerte cercana. Por esta razón, alegre constituye toda una paradoja hábilmente utilizada por Aleixandre para romper con la tradición y describir, metáfora encantadora, la niñez como un crepúsculo risueño.

 

Velintonia 3 (www.vicentealeixandre.es)

La segunda parte, como ya se ha dicho, se caracteriza por el desdoblamiento – denominado por algunos “extrañamiento” – de la voz poética, que se observa a sí mismo como un niño:

 

Muchacho que sería yo mirando

 

Esta circunstancia se avanza en la primera parte, mas ahora adquiere primera importancia. Así se explica el hipérbaton que sitúa el atributo muchacho antes del copulativo sería. Por otro lado, este verso es la apódosis de la oración condicional que comienza en el primero: “Si tú, adolescencia, te fueras, yo sería un muchacho”. Con esta sintaxis desordenada se expresa, de nuevo, el tema principal.

Es menester advertir en este verso la figura de Narciso, el joven que se enamoró de sí mismo al mirar su reflejo en el agua – el espejo del verso décimo – según la mitología griega. Es lícito deducir que tan enamorado está Narciso de sí mismo como el poeta de su propia niñez, lo que explica el lamento que empapa la composición.

La peculiar organización sintáctica comentada con anterioridad permite además acentuar el contraste entre la imagen estática del verso octavo y el movimiento de la corriente en el noveno, que enlaza con la cadencia constante de la primera parte. Al igual que ocurría en los versos tercero y cuarto, el encabalgamiento suspende la llegada del complemento directo del verbo mirando, de manera que se recalca el avanzar de la corriente en el noveno:

 

aguas abajo la corriente,

 

Al igual que con camino, el poeta elige para este verso una metáfora pulida por plumas sin número. Me refiero al agua que fluye como símbolo del paso del tiempo, y la más celebrada sea, tal vez, la de Jorge Manrique, a quien citamos de nuevo:

 

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir;

 

La separación ya mencionada entre el yo poético “extrañado” – el muchacho sobre el puente – y el transcurrir de su vida – la corriente – se amplía mediante la locución adverbial aguas abajo.

El poema se cierra con dos versos preciosos:

 

y en el espejo tu pasaje

fluir, desvanecerse.

 

Comentemos, en primer lugar, la metáfora espejo por superficie del agua, en la que se mira Narciso. A continuación, tu pasaje enlaza de manera coherente con el léxico usado en esta composición: camino, puente, pasar. Al igual que en los versos anteriores, el apóstrofe oficia la separación del yo poético y la adolescencia. Así, se completa el sentimiento incardinado en estos bellísimos versos, que podemos enunciar de este modo: “Si tú, adolescencia, te fueras, yo sería un muchacho y podría observar cómo desapareces mientras yo permanezco en mi infancia para siempre”. La desaparición de la pubertad indeseable se manifiesta en el soberbio verso undécimo. Nótese la gradación existente entre fluir (otro término que cohesiona el léxico del poema) y desvanecerse. Ambos evocan con admirable concisión la alegoría manriqueña ya citada. Insisto, sin embargo, que lo que fluye y se desvanece aquí no es el paso del tiempo, los años o la vida, sino la adolescencia como época que marca el fin de la niñez. Tal es, en efecto, el anhelo vital que justifica esta obra y que ya hemos identificado como tema principal: el deseo inalcanzable de vivir eternamente en la niñez.

 

En conclusión, Vicente Aleixandre muestra su pericia lírica al otorgar a unos versos de apariencia sencilla un mensaje conmovedor por lo acerbo y universal en su alcance. Por otro lado, es sabido que la poesía sencilla es la que más estudio y trabajos exige. Aleixandre corrobora aquí tal afirmación, gracias principalmente a las elipsis y a las sutiles referencias literarias y mitológicas que realzan sus emociones. Todo esto nos permite afirmar que Ámbito, a pesar de ser obra de un poeta joven, demuestra una personalidad fuera de lo común y constituye el sobresaliente primer capítulo de una trayectoria cumplida como pocas en la literatura española del siglo XX.

 

 

 

 

Estos diez versos colosales, tremebundos, pertenecen al libro Hijos de la ira, del poeta, crítico y profesor madrileño Dámaso Alonso.

(Pulsa aquí para oír este poema recitado por el autor)

 

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que [me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz [de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, [fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi [alma,
5
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,

las tristes azucenas letales de tus noches?   10

(Antología poética de la generación del 27, edición de Arturo Ramoneda para Castalia)

Cuando este libro apareció en 1944, Alonso llevaba casi veinte años sin publicar poesía:

“Las doctrinas estéticas de hacia 1927, que para otros fueron estimulantes, a mi me resultaron heladoras de todo impulso creativo. Para expresarme en libertad, necesité la terrible sacudida de la guerra española”

Hijos de la ira es, tal vez, el punto más alto de una trayectoria poética distante de la de sus compañeros de generación y del panorama poético de posguerra. Su áspera visión del mundo irrumpe en el “garcilasismo” pastueño de la época con un inconformismo auténtico, violento, desencantado. Hijos de la ira es un libro innovador, incluso subversivo, por el tratamiento de temas como la muerte, la soledad o la decadencia, vistos con un realismo descarnado y una honda repugnancia por el mundo que le rodea.  Como se aprecia en el comentario de “Insomnio”, Dámaso Alonso prescinde de moldes clásicos y utiliza un lenguaje abrupto y desconcertante: usa registros del habla cotidiana, palabras inusuales en poesía, metros dispares, exclamaciones, repeticiones, etcétera. De esta manera puede el autor reflejar lo nauseabundo y deforme del mundo mejor que con estrofas y versos clásicos. Sin embargo, el ritmo permanece elaboradísimo y sutil para despertar en el lector los sentimientos que atormentan al poeta.

Retrato del poeta (www.elcuartitodepensar.blogspot.com)

Retrato del poeta (www.elcuartitodepensar.blogspot.com)

Estos sentimientos, claro, constituyen los temas principales de “Insomnio”: el desasosiego vital del poeta, su ansia de respuestas, su protesta airada mas sincera ante Dios.  Oímos aquí el lamento de un cadáver, pues vivir es simplemente estar muerto a la espera de esa confirmación absurda, innecesaria, que llamamos muerte. Estos temas se estructuran con sutileza en torno a la idea de putrefacción. Hay, pues, una gradación entre la podredumbre del poeta, de los cadáveres de Madrid y los de todo el mundo, al compás moroso de las “largas horas”. El lector, atrapado en el arrastrarse penoso de la lectura, descubre con pavor que no sólo se pudre el cuerpo del insomne: él también se está descomponiendo. “Yo me pudro, pero tu carne infecta también se hincha y pronto tus ojos y tu lengua serán estiércol para las cucarachas”, nos susurra.

Otro análisis de la estructura nos lleva a la indignación del poeta ante Dios, actitud filosófica fundamental en la obra de Alonso. En “Insomnio” se parte del yo poético, se pasa por el Hombre y se llega a Dios, a quien la voz habla franqueza. El poeta parece agarrar al Todopoderoso por la solapa y sacudirle, echarle en cara su crueldad, pero en ningún momento reniega o se abandona al ateísmo. En la obra de Dámaso Alonso existe Dios y sus poemas son religiosos, con tanta aspereza como devoción.

En cuanto a la métrica, destaca la longitud de los versos. El más corto es alejandrino, el más extenso llega a las cuarenta y ocho sílabas. Dámaso Alonso elige el verso libre para alejarse de las formas convencionales que se cultivaban en la poesía española de su época. Como ya se ha dicho, el orden de los metros clásicos no le sirve para expresar su opinión sobre el hombre y el mundo. Por otra parte, el ritmo se logra con anáforas, paralelismos y cesuras, por ejemplo tras la séptima sílaba en los cinco primeros versos. Sin duda, el ritmo lento está calculado para hundir al lector en la ansiedad de la voz poética.

En el  primer verso, el contraste entre el presumible “habitantes” de la noticia y este “cadáveres” transforma el registro periodístico y coloquial del verso en pujante lenguaje poético. El tono lóbrego de esta elección resume la postura vital de “Insomnio”: el poeta compara Madrid con un inmenso cementerio, es decir, se muestra  profundamente angustiado puesto que  no ve en su vida más que decadencia y muerte[1]. Este arranque fenomenal anuncia con fuerza el bárbaro, siniestro momento que se avecina.

El segundo verso, tras remitir brevemente al título (“en la noche, yo me revuelvo y me incorporo”), se desploma en el sentimiento esencial del poema, la ausencia de sentido en esta vida. Las metáforas “nicho” y “me pudro”, junto con “cadáveres” en el verso anterior, descubren la alegoría horrenda: este mundo, sus casas, sus calles, no está habitado por hombres sino por muertos, cuya carne se descompone lentamente.

El tono tétrico continúa en los versos tercero y cuarto, que presentan una estructura paralela. El autor describe las sensaciones del insomne, que oye el viento, los perros y, sinestesia inquietante, la luz de la luna. El poeta gime, ladra y fluye “como la leche de la ubre caliente”, muestra, a mi juicio, de lo inútil y desesperantemente monótono de la vida. Esta imagen se aleja del racionalismo del poema. La crítica la ha calificado de surrealista, a pesar de que el propio autor lo negó. Nótese, además, que la luna posee un valor simbólico recurrente en literatura, augurio de muerte y decorado propicio a la ensoñación sombría, como en su juvenilmente admirado Juan Ramón Jiménez. Es, en cualquier caso, un latigazo de subjetivismo, prueba de que el poeta, en su desgarrador delirio, es incapaz de mantener la racionalidad en su discurso.

La tercera parte se abre con la misma estructura que en la anterior, “y paso largas horas + gerundio”. Sin embargo, la acción inservible, que se repite durante largas horas, es preguntarle a Dios el por qué de tanta muerte, de tanta inmundicia, es decir, el por qué de la vida. En los versos quinto a séptimo se observa una gradación, comentada más arriba: del poeta se pasa a los habitantes de Madrid y a toda la humanidad. El lector entiende así que no está sólo ante una angustia personal del poeta, sino ante toda una concepción del ser humano. El séptimo verso es, pues, uno de los pilares intelectuales del poema y de la obra de este autor. Dámaso Alonso no concibe la poesía como artificio estético y artístico, sino que se interesa por el sufrimiento humano, por la angustia cotidiana de las personas que no encuentran un sentido a su vida. No encuentra respuestas, sino un Hombre desesperanzado, miserable y abyecto. Sin embargo, Alonso no es un existencialista ateo, puesto que busca respuestas denodadamente en Dios. En Duda y amor sobre el Ser Supremo podemos leer:

Mi terror vital y mi duda son enormes. Es comprensible que estas dos cosas puedan ser iguales y grandes, las dos. Pero debo hablar de mis inesperadas vacilaciones […]. Así en mi poesía viven ambos lados: el duro, terrible y desnudo; y el dulce y altamente gobernado. Hay versos míos en que, en Hijos de la ira, se prescinde de toda eterna altitud sobre lo humano, pero hay muchos poemas en que se acude a esto que puede remediar la triste bajeza de nuestro vivir: Dios.

Así se puede ver en los poemas “Ciencia de amor”, “A los que van a nacer” u “Oración por la belleza de una muchacha”. En “Insomnio”, este anhelo de saber aparece en los versos octavo a décimo. Aquí, la voz poética se dirige a Dios con un “dime” que rompe la distancia divina para situar al creador y al Hombre en un mismo plano en el que ambos se necesitan mutuamente. Dámaso Alonso desarrolla posteriormente esta concepción de la creación en su libro Hombre y Dios.

Por otra parte, es preciso destacar el peculiar estilo del poema. Las anáforas, la repetición de sintagmas y gerundios o el polisíndeton, engarzados en versos extensos, obligan a una lectura inaudita en su momento. Esta violencia innovadora en las formas es coherente con la violencia del contenido. A mi juicio, el gran logro de Dámaso Alonso consiste en superar poses y convenciones (la rebeldía es, tal vez, la convención más cultivada en la literatura) para que no le veamos como un intelectual que escribe poesía, que se indigna en su obra y que nos conmueve con su maestría lírica. Aquí no hay poesía, ni versos, ni crítica, ni reales academias, ni premios cervantes, sino un hombre cuya desesperación nos produce lástima y nos asfixia, porque es la nuestra, porque somos tú y yo los que nos asfixiamos, con una angustia que esta palabrería  que llamo comentario nunca podría evocar.

"Madrid desde Torres Blancas" (1976-1982), de Antonio López (www.revistadearte.com)

“Madrid desde Torres Blancas” (1976-1982), de Antonio López (www.revistadearte.com)


[1] Arturo Ramoneda nota el parecido entre este verso y el artículo de Larra “El día de difuntos de 1836”:

Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio, donde cada casa es el nicho de una familia; cada calle, el sepulcro de un acontecimiento; cada corazón, la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.