Nos empeñamos hoy en el comentario sucinto, apenas unas notas, de una novela española contemporánea: Los túneles del paraíso, de Luciano G. Egido. Se trata de una obra meritoria, de estilo peculiar y poderoso mensaje. Por otro lado, nos gustaría reparar el error cometido en el número 761 de la revista Ínsula. En la página dos, Pozuelo Yvancos menciona esta obra en su repaso a lo mejor de la narrativa en español de 2009, mas se equivoca en el título: no es el tren, sino los túneles.

 

Las hierbas fueron creciendo en el silencio de los andenes y en el correr de los días. Entre las piedras del balasto seguían floreciendo cada primavera como prados verdes de margaritas, cardos, magarza, malvavisco, surgidos como un milagro entre el encintado de granito que señalizaba los dominios del ferrocarril. Las ratas se envalentonaron en un mundo sin ruidos ni amenazas y se enseñorearon de los conjuntos mobiliarios de la Compañía del Ferrocarril, campando por sus respetos, pero finalmente hasta ellas desaparecieron del mapa. Unas  plantaciones  de moreras, esquilmadas para la atención de los gusanos de seda de los caprichos infantiles de la comarca, fueron pereciendo en una prolongada resistencia biológica de hojas  secas, troncos humillados y raíces desventradas, con una incivil inquina devastadora, que las persiguió hasta su total extinción. Las vías perdieron sus brillos primitivos, sus perfiles del futuro. Las maderas de las traviesas se pudrieron al sol y a la lluvia, se resquebrajaron como fósiles y adquirieron la aspereza de huesos primitivos al aire de la meseta, calcinados e impúdicos, retorcidos como sarmientos, salidos de un cementerio lunar. Los muertos pudieron pasearse, para estirar las piernas, por aquel camino sin destino, por aquellas vías sin utilidad, atados al paisaje donde fueron felices alguna vez y desgraciados casi siempre.

 

Estación de La Fregeneda (www.vanecarbonell.blogspot.com)

 

 

El autor (www2.uca.es)

 

Egido nació en Salamanca en 1928. Fue profesor de filosofía, ensayista y cineasta antes de dedicarse a la literatura. No es un autor muy popular, a pesar de que sus seis obras de ficción (cinco novelas y una colección de relatos) le han procurado varios premios. Por ejemplo, el Premio Castilla y León de las Letras 2004, el Premio Miguel Delibes 1993, el Premio Nacional de la Crítica 1995 y el Premio de la Crítica de Castilla y León 2003.

En Los túneles del paraíso (2009) el autor parte de una anéctoda  real, la construcción de un ramal de ferrocarril entre Salamanca y la raya con Portugal en los años ochenta del siglo XIX. Como afirma un estudio del año 2006, que menciona el autor en la página 375, “sin duda alguna, el ferrocarril internacional construido para lograr una conexión directa de Oporto con España, en su tramo español, de ascenso desde el río Duero hacia la meseta, se puede contar entre los más impresionantes ejemplos de la ingeniería ferroviaria a escala mundial”. A través de sus cuarenta y nueve capítulos fechados, varios narradores nos relatan el sacrificado desarrollo de la obra: un trabajador, un ingeniero desplazado desde Madrid y un narrador omnisciente que adopta el punto de vista de personajes como don Eliseo, el juez, Miss Flowers, la ramera desamparada cuya historia es la de todos los carrilanos, que también vendieron su cuerpo a diario durante cinco años y también se quedaron sin nada, o el hombre apuñalado en una verbena por una muchacha bonita.

Los túneles del paraíso tiene varias virtudes. Para empezar, asombra la capacidad del autor para dotar de humanidad a la muchedumbre de infelices que fueron a parar a ese hermoso mas poco acogedor rincón de España. Cada uno aparece con su nombre, su pasado, sus sueños, y ocupan las páginas más conmovedoras de la novela, a  nuestro juicio.

Por otro lado, el autor cincela a rajatabla un estilo peculiar, de adjetivación copiosa y poderosas imágenes. No es un estilo fácil, sin embargo. La admiración por el caudal literario de la prosa no puede evitar cierta fatiga ocasional en la lectura.

Por último, es de agradecer que el autor nos ahorre discursos moralizadores sobre el cruel dios mercado y el sacrosanto beneficio que esclaviza seres humanos y los abandona en la cuneta cuando ya no los necesita. Los túneles del paraíso es, sin duda, la historia de una injusticia, de unas vidas entregadas por un progreso que nunca llegó, de un sacrificio olvidado. Sin embargo, Egido no actúa como un juez que absuelve o condena y nos dice qué tenemos que pensar. El lector tiene libertad para disfrutar, conmoverse y llevar sus reflexiones a lo político, si lo desea.

El párrafo que nos ocupa cierra el epílogo de la novela, en las páginas 384 y 385. Es un final vigoroso, puesto que concentra en pocas líneas el tema principal de la obra: lo inútil del sacrificio humano, la desolación como resultado único de un esfuerzo grandioso, el olvido en el que injustamente han caído miles de hombres heroicos que lucharon por mejorar su vida, pero también la de todos nosotros.

 

Puente y túnel en La Fregeneda (www.sargacal.com)

Como veremos más adelante, el autor establece aquí un paralelismo entre la decadencia de la construcción y la descomposición de un cadáver. La estructura interna del párrafo corrobora esta afirmación:

1ª parte (líneas 1 a 11): en estas líneas el autor describe el marasmo en el que se ha ido sumiendo poco a poco el apeadero. El punto de vista cinematográfico y el lenguaje sugerente nos muestran con viveza la corrupción del cuerpo muerto.

2ª parte (líneas 11 a 13): evoca el alma de ese cuerpo, de esa vida pretérita, en las ánimas de los que perecieron construyendo todo lo que hoy yace olvidado. Mediante este contraste, el autor aviva la devastación que embarga a sus lectores.

A continuación, haremos un comentario escueto de algunos recursos morfosintácticos que el autor utiliza para transmitir su mensaje. En primer lugar, destaca el paralelismo sintáctico del fragmento. El esquema sujeto – verbo en indefinido – complementos (con la excepción “seguían floreciendo”) y la escasez de subordinadas obligan una lectura pausada. Se obtiene, de este modo, un tono melancólico acorde con el tema principal. Por otro lado, las elecciones morfológicas del autor también logran subrayar el proceso de putrefacción mencionado más arriba. Así funcionan las perífrasis de duración ir + gerundio (líneas 1 y 7) y seguir + gerundio (línea 2). Nótense también los verbos de cambio de estado como desaparecer, perecer, perder, pudrirse, resquebrajarse, adquirir (la aspereza); el adverbio finalmente; los adjetivos humillados, desventradas, devastadora, retorcidos; los sustantivos extinción, fósiles, huesos, cementerio, muertos. La cohesión léxica es clara y apunta a lo dicho sobre el tema principal.

Esta unidad lingüística se podría contestar con la aparición del siguiente vocabulario en las primeras líneas: crecer, florecer, primavera, prados verdes, milagro. La vida que aquí se transmite contradice, a primera vista, la idea de muerte que anima el fragmento. Es menester, sin embargo, relacionarlo con el cementerio de la línea 11: la hierba entre el balasto es la misma que brota de las tumbas, es vida que nace de la muerte y se nutre de la carne abandonada. La imagen apeadero=cementerio se desarrolla, por tanto, de manera coherente.

Para terminar, destaquemos la efectividad de la brevísima segunda parte. Sólo una oración, que resume el fruto de casi cuatrocientas páginas de esfuerzo y padecimiento: camino sin destino, vías sin utilidad, felices alguna vez, desgraciados casi siempre.

En conclusión, Los túneles del paraíso es una novela entonada, de sólida documentación histórica y estilo trabajado. No se trata, creemos, de una novela histórica que pueda satisfacer al lector que busque la reconstrucción detallada de hechos o usos. Antes bien, Luciano G. Egido utiliza un copioso caudal de información para construir una base sólida y creíble en la que desnudar las almas de la pobre gente que por allí paró. Más que por lo histórico o por el estilo opinable del autor, esta novela deja su marca en El violento matiz de la amapola por su amargo retrato de unos hombres como nosotros, que vivieron y murieron en nuestra tierra, unos hombres cuyo inútil sacrificio podría ser el nuestro. Aun sin el dolor y el sufrimiento de los carrilanos, ¿acaso a nuestra vida estéril no le espera el mismo olvido que a ese ferrocarril enterrado bajo la maleza, en aquel paraíso mancillado al norte de Salamanca?

 

Túnel del ramal, hacia Fregeneda (www.aviscosidades.blogspot.com)